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HIEROMÁRTIR CIPRIANO, OBISPO DE CARTAGO

31 ago
6 min de lectura

conmemorado el 31 de agosto.


El Hieromártir Cipriano, Obispo de Cartago, nació alrededor del año 200 en la ciudad de Cartago (en el norte de África), donde transcurrió toda su vida y obra. Tascio Cecilio Cipriano (en latín, Thascius Cæcilius Cyprianus) era hijo de un rico senador pagano y recibió una excelente educación laica, convirtiéndose en un espléndido orador y profesor de retórica y filosofía en la escuela de Cartago. Con frecuencia comparecía ante los tribunales para defender a sus conciudadanos.

San Cipriano recordó después que por largo tiempo “permaneció sumido en una densa niebla, lejos de la luz de la Verdad”. Su fortuna, heredada de sus padres y fruto de su labor, la dilapidó en suntuosos banquetes, mas éstos no lograron saciar su sed de verdad. Se familiarizó con los escritos del apologista Tertuliano y se convenció de la verdad del cristianismo. El Santo Obispo escribió más tarde que, por razón de sus hábitos, le resultaba imposible alcanzar la regeneración prometida por el Salvador.

Fue auxiliado por su amigo y guía, el presbítero Cecilio, quien le aseguró el poder de la gracia de Dios. A la edad de 46 años, éste estudioso pagano fue recibido en la comunidad cristiana como catecúmeno. Antes de recibir el Santo Bautismo, distribuyó sus bienes entre los pobres y se instaló en la casa del presbítero Cecilio.

Cuando san Cipriano recibió el Santo Bautismo, escribió en el Tratado a Donato: “Cuando el agua de la regeneración purificó la impureza de mi vida anterior, una luz celestial iluminó mi corazón... y el Espíritu me transformó en un hombre nuevo mediante un segundo nacimiento. Entonces, de manera milagrosa, la certeza reemplazó la duda, se revelaron misterios y la oscuridad se convirtió en luz... Fue entonces posible reconocer que lo que nació de la carne y vivió para el pecado era terrenal, pero lo que el Espíritu Santo había vivificado comenzó a ser de Dios... En Dios y de Dios está toda nuestra fuerza... Por medio de Él, mientras vivimos en la tierra, vislumbramos la felicidad futura”.

Dos años después de su Bautismo, el Santo fue ordenado presbítero. Tras la dormición del Obispo Donato de Cartago, san Cipriano fue elegido Obispo por unanimidad. Tras aceptar la petición de su guía espiritual, dio su consentimiento y fue consagrado Obispo de Cartago en el año 248.

El Santo se empeñó ante todo por el bienestar de la Iglesia y la erradicación de los vicios entre el clero y la feligresía. La vida de santidad del Archipastor despertó el deseo de imitar su piedad, humildad y sabiduría en todos. La fructífera labor de san Cipriano se dio a conocer más allá de los límites de su diócesis. Obispos de otras sedes acudían a él con frecuencia en busca de consejo sobre cómo abordar diversos asuntos.

La persecución del emperador Decio (249-251), revelada al Santo en una visión, lo obligó a ocultarse. Que su vida fuere preservada era indispensable para su rebaño, para el fortalecimiento de la fe y el valor de los perseguidos. Antes de partir de su diócesis, el Santo distribuyó los fondos de la iglesia entre todo el clero para ayudar a los necesitados, y además envió fondos adicionales.

Mantuvo comunicación constante con los cristianos cartagineses a través de sus epístolas, y escribió cartas a Presbíteros, Confesores y Mártires. Algunos cristianos, quebrantados por el tormento, ofrecieron sacrificios a los dioses paganos. Éstos cristianos que habían abandonado la fe apelaron a los confesores, pidiéndoles lo que se conoce como una carta de reconciliación, es decir, un certificado para ser readmitidos en la Iglesia. San Cipriano escribió una carta general a todos los cristianos cartagineses, indicando que aquellos que habían abandonado la fe durante un tiempo de persecución podían ser readmitidos en la Iglesia, pero ésto debía ir precedido de una investigación de las circunstancias en las que se produjo la apostasía. Era necesario determinar la sinceridad del arrepentimiento de los apóstatas. Su admisión solo era posible después de la penitencia y con el consentimiento del Obispo. Algunos de los apóstatas exigieron insistentemente su readmisión inmediata en la Iglesia y causaron malestar en toda la comunidad. San Cipriano escribió a los obispos de otras diócesis solicitando su opinión, y de todos recibió la plena aprobación de sus directrices.

Durante su ausencia, el Santo autorizó a cuatro sacerdotes a examinar la vida de quienes se preparaban para la ordenación sacerdotal y diaconal. Ésto provocó la resistencia del laico Felicísimo y del presbítero Novato, indignados contra su Obispo. San Cipriano excomulgó a Felicísimo y a seis de sus seguidores. En su epístola a la comunidad, el Santo Obispo exhortó conmovedoramente a todos a no separarse de la unidad de la Iglesia, a someterse a las órdenes legítimas del Obispo y a esperar su retorno. Ésta carta mantuvo a la mayoría de los cristianos cartagineses fieles a la Iglesia.

Poco después, san Cipriano regresó a su rebaño. La insubordinación de Felicísimo llegó a su fin en un concilio local en el año 251. Éste concilio decretó que era posible readmitir a los apóstatas en la Iglesia tras una penitencia y confirmó la excomunión de Felicísimo.

Durante éste tiempo se produjo un nuevo cisma, liderado por el presbítero romano Novaciano, al que se unió el presbítero cartaginés Novato, antiguo seguidor de Felicísimo. Novaciano afirmó que quienes habían pecado durante una época de persecución no podían ser readmitidos, aunque se arrepintieran. Además, Novaciano, con la ayuda de Novato, convenció a tres obispos italianos, en vida del legítimo Obispo romano Celerino, para que colocaran a otro obispo en la cátedra romana. Contra tal iniquidad, san Cipriano escribió una serie de encíclicas a los obispos africanos y, posteriormente, una obra entera: “Sobre La Unidad De La Iglesia”.

Cuando la discordia en la iglesia de Cartago amainó, se desató una nueva calamidad: una plaga devastadora. Cientos de personas huyeron de la ciudad, dejando a los enfermos sin ayuda y a los fallecidos sin sepultura. San Cipriano, dando ejemplo con su firmeza y valentía, atendió a los enfermos y enterró personalmente a los difuntos, no solo a cristianos sino también a paganos. La plaga vino acompañada de sequía y hambruna. Una horda de númidas bárbaros, aprovechando el infortunio, atacó a los pobladores, tomando numerosos cautivos. San Cipriano conmovió a muchos cartagineses ricos, quienes ofrecieron recursos para alimentar a los hambrientos y pagar el rescate de los cautivos.

Cuando una nueva persecución contra los cristianos se extendió bajo el emperador Valeriano (253-259), el procónsul cartaginés Paterno ordenó al Santo que ofreciera sacrificios a los ídolos. Él se negó rotundamente a hacerlo. También se negó a dar los nombres y direcciones de los presbíteros de la iglesia de Cartago. Enviaron al Santo a la ciudad de Curubis, y el diácono Ponto siguió voluntariamente a su Obispo al exilio.

El día que el Santo arribó a su sitio de exilio, tuvo una visión que lo anunció su inminente martirio. Durante su exilio, san Cipriano escribió numerosas cartas y libros. Deseando sufrir en Cartago, regresó allí. Tras ser llevado ante el tribunal, fue puesto en libertad hasta el año siguiente. Casi todos los cristianos de Cartago acudieron a despedirse de su Obispo y recibir su bendición.

En el juicio, san Cipriano se negó con serenidad y firmeza a ofrecer sacrificios a los ídolos y fue condenado a ser decapitado con espada. Al oír la sentencia, San Cipriano exclamó: “¡Gracias a Dios!”. Todo el pueblo gritó a una voz: “¡Que nos decapiten también nosotros!”.

Al llegar al lugar de la ejecución, el Santo volvió a bendecir a todos y ofreció veinticinco monedas de oro al verdugo. Luego se cubrió los ojos con un pañuelo, entregó sus manos al presbítero y al archidiácono que estaban cerca y bajó la cabeza. Los cristianos extendieron sus paños y pañuelos ante él para recoger la sangre del Mártir.

San Cipriano fue ejecutado en el año 258. Su cuerpo fue trasladado de noche y sepultado en una cripta privada del procurador Macrobio Candidiano.

Algunos dicen que sus santas reliquias fueron trasladadas a Francia en tiempos del rey Carlos el Grande (es decir, Carlomagno).

San Cipriano de Cartago dejó a la Iglesia un valioso legado: sus escritos y ochenta cartas. Las obras de san Cipriano fueron aceptadas por la Iglesia como modelo de confesión ortodoxa y leídas en dos Concilios Ecuménicos (Éfeso y Calcedonia).

En los escritos de San Cipriano se expone la enseñanza ortodoxa sobre la Iglesia, hincando su fundamento en nuestro Señor Jesucristo, proclamada y edificada por los Apóstoles. La unidad interior se expresa en la unidad de fe y amor, y la unidad exterior es consumada mediante la jerarquía y los sacramentos de la Iglesia.

En la Iglesia, Cristo abarca toda plenitud de vida y salvación. Quienes se han separado de la unidad de la Iglesia carecen de la verdadera vida en sí mismos. El amor cristiano se manifiesta como el vínculo que mantiene unida a la Iglesia. “El amor es el fundamento de todas las virtudes y permanece con nosotros eternamente en el Reino Celestial”.



REFERENCIAS

Orthodox Church in America. (2026). Hieromartyr Cyprian, Bishop of Carthage. New York, Estados Unidos: OCA.

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