VENERABLE SIMEÓN EL ESTILITA
conmemorado el 1° de septiembre.

El Venerable Simeón el Estilita (gr. Όσιος Συμεών ο Στυλίτης) nació en la aldea capadocia de Sisan, hijo de padres cristianos, Sisotian y Martha. A la edad de trece años comenzó a apacentar el rebaño de ovejas de su padre. Se dedicó con esmero y cariño a ésta, su primera tarea.
Un día, tras prestar oído a las Bienaventuranzas en la iglesia, quedó impresionado por su profundidad. Desconfiando de su propio y precoz juicio, acudió con sus cuestionamientos a un Anciano experimentado. El Anciano explicó sin dilación el significado de lo que el joven Simeón había oído. Tal semilla “cayó en tierra buena”, y fortaleció su determinación de servir a Dios.
Cuando Simeón cumplió dieciocho años, recibió la tonsura monástica y se dedicó a prácticas de rigurosa abstinencia y oración incesante. Su fervor, superior al de los demás monjes, alarmó tanto al Higúmeno que éste dijo a Simeón que, o moderaba su ascesis, o abandonaba el Monasterio.
Entonces san Simeón se retiró del Monasterio y vivió en un pozo vacío en las montañas cercanas, donde pudo llevar a cabo sus austeras luchas sin impedimentos. Tiempo después, unos ángeles se aparecieron en sueños al Higúmeno y lo mandaron traer de vuelta a Simeón al Monasterio.
Sin embargo, el monje no permaneció largo tiempo en el Monasterio. Poco después se instaló en una cueva de piedra, cerca del pueblo de Galanissa, donde vivió durante tres años, dedicándose a perfeccionar sus prácticas monásticas. En una ocasión, decidió pasar los cuarenta días de la Gran Cuaresma sin tomar alimento ni bebida. Con la ayuda de Dios, el monje soportó tan estricto ayuno. Desde entonces, se abstuvo por entero durante la Gran Cuaresma, aún de pan y agua. Durante veinte días oró de pie y durante veinte días sentado, para no consentir que sus facultades corporales se tornaran laxas.
Un gentío comenzó a acudir al sitio donde él obraba sus esfuerzos; deseosos de sanar sus enfermedades y prestar oídos a palabras de edificación cristiana. Rechazando la gloria mundana y esforzándose por recuperar su soledad perdida, el monje optó por una forma de ascetismo hasta entonces desconocida. Ascendió a una columna de entre dos y tres metros de altura e instaló sobre ella una pequeña celda, dedicándose en tal sitio, a intensa oración y ayuno.
Voz sobre san Simeón llegó a la más alta jerarquía eclesiástica y a la corte imperial. El patriarca Domno II de Antioquía (441-448) visitó al monje, celebró la Divina Liturgia en la columna y lo suministró los Santos Misterios.
Los Ancianos que vivían en el desierto oyeron hablar de san Simeón, quien había elegido un nuevo y singular modo de ascetismo. Deseando poner a prueba al nuevo asceta y determinar si sus extremas prácticas ascéticas agradaban a Dios, lo enviaron mensajeros que, en nombre suyo, debían instar a san Simeón a descender de la columna.
En caso de desobediencia, debían arrastrarlo a la fuerza al suelo. Pero si estaba dispuesto a someterse, debían dejarlo en su columna. San Simeón demostró obediencia absoluta y profunda humildad cristiana. Los monjes le dijeron que permaneciera donde estaba, pidiendo a Dios que lo ayudara.
San Simeón soportó muchas tentaciones, y siempre las superó. No confiaba en sus propias debilidades, sino en el Señor mismo, quien siempre acudía en su ayuda. El monje fue aumentando gradualmente la altura del pilar sobre el que yacía. Su último pilar se alzaba veinticuatro metros de altura. En derredor suyo se levantó un muro doble, que impedía que la multitud se acercara demasiado y perturbara su concentración en la oración.
En general, a las mujeres no se las permitía cruzar el muro. El Santo no hizo excepción ni siquiera con su propia madre, quien, tras largas e infructuosas búsquedas, finalmente logró encontrar a su hijo perdido. Él se negó a verla, diciendo: “Si somos hallados dignos, nos veremos en la vida venidera”. Santa Marta aceptó ésto, permaneciendo al pie del pilar en silencio y oración, donde finalmente durmió en el Señor. San Simeón pidió que trajeran su ataúd. Se despidió con reverencia de su difunta madre, y una sonrisa de alegría apareció en el rostro de ella.
San Simeón pasó ochenta años realizando arduas prácticas monásticas, cuarenta y siete de ellos de pie sobre la columna. Muchos paganos aceptaron el Santo Bautismo, impresionados por la firmeza moral y la fortaleza corporal que el Señor concedió a su siervo.
El primero en enterarse de la dormición del Santo fue su discípulo cercano, Antonio. Preocupado porque su maestro no se había aparecido al pueblo durante tres días, subió al pilar y lo encontró sin vida, prosternado en oración. El patriarca Martirio de Antioquía ofició el funeral ante una gran multitud de clérigos y fieles. San Simeón fue inhumado cerca de su pilar. En el sitio donde obró sus actos ascéticos, Antonio fundó un Monasterio, sobre el cual recaía la bendición especial del Venerable Simeón.
Rogamos al Venerable Simeón el Estilita por el retorno a la Iglesia de aquellos que la han abandonado o se han separado de ella.
REFERENCIAS
Orthodox Church in America. (2026). Saint Simeon Stylites, the Elder. New York, Estados Unidos: OCA.





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