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GRAN FIESTA DE LA NATIVIDAD, SEGÚN LA CARNE, DE NUESTRO SEÑOR, DIOS Y SALVADOR JESÚS CRISTO

conmemorada el 25 de diciembre.


«Tu Navidad, Cristo Dios nuestro, amaneció en el mundo como la luz de la sabiduría, y los que adoraban a los astros, de un astro aprendieron a adorarte, Sol de justicia, y a conocerte, Oriente de lo alto, Señor: ¡gloria a Ti!»


SE HACE HOMBRE PARA QUE LLEGUEMOS A SER DIOS,

SAN ATANASIO DE ALEJANDRÍA.


Como el que quiere ver a Dios, que es invisible por naturaleza y no puede en absoluto ser visto, lo conoce y lo comprende a partir de sus obras, así aquel cuyo espíritu no ve a Cristo, que lo conozca a partir de las obras de su cuerpo y que examine si son humanas o de Dios. Si son de un hombre, que se burle de ellas; pero si reconoce que son de Dios, que no ría de aquello de lo que no hay que burlarse, sino que, antes bien, considere con admiración que los misterios divinos se hayan manifestado a nosotros mediante una realidad tan simple y que por la muerte la inmortalidad se haya extendido a todos y que la encarnación del Verbo nos haya hecho conocer la providencia universal y el Verbo mismo de Dios, que es su guía y creador. En efecto, se hace hombre para que lleguemos a ser Dios; se ha hecho visible en su cuerpo, para que nos hagamos una idea del Padre invisible; ha soportado los ultrajes de los hombres, a fin de que heredemos la incorruptibilidad. Ciertamente no sufría ningún daño por ello, siendo impasible e incorruptible, siendo el Verbo mismo de Dios, pero en su impasibilidad protegía y salvaba a los hombres sufrientes por quienes soportaba todo esto. En una palabra, las gloriosas acciones del Salvador cumplidas en su encarnación, son de tal género y tan grandes que el que quisiera contarlas se asemejaría a los que contemplan la extensión del mar y quieren contar sus olas. De la misma manera que no se puede abarcar con la mirada el conjunto de las olas, pues a medida que llegan, sobrepasan las sensaciones del que trate de contarlas, del mismo modo el que quisiera abarcar todas las gloriosas acciones de Cristo en su cuerpo, no podría ni siquiera captarlas todas en su mente, porque son más las que superan su inteligencia que las que piensa que ha captado. Es mejor, pues, no querer ver todas sus gestas ni hablar de aquello de lo que no se puede ni siquiera expresar una parte, sino recordar un solo punto y dejarte admirar el conjunto. De hecho, todas son igualmente admirables, y a cualquier parte a donde se dirijan los ojos, uno se queda atónito viendo la divinidad del Verbo.

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